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3.10.11

Sillones de mimbre



Heredé de mi nona un par de antiguos sillones de mimbre que me acompañaron durante algunos años. Muchas veces aparecían en mis dibujos, los usaba de modelo, me gustaba la textura que proponían, los estudiaba en diversas perspectivas.

26.7.11

Amarcord


El patio de mi infancia era inmenso, tenía baldosas negras y blancas, en damero. En el centro había una palmera gigante (cuando somos niños todo es desmesurado). Esa palmera era lo que hoy los astrónomos llaman un agujero negro, en ella se perdían bolitas, soldaditos de plomo, autitos de carrera, figuritas etc.
A los costados del patio habían canteros con malvones, plantas que entonces detestaba. Para llegar a ese patio había que atravesar un larguísimo pasillo que de noche y oscuro se hacía interminable.

En los techos de mi infancia deambulaban misteriosos gatos que muchas noches nos llenaban de angustia cuando lloraban como niños desconsolados.

Las siestas de mi infancia eran un suplicio, encerrados en nuestros cuartos debíamos fingir que dormíamos mientras imaginábamos en las manchas de humedad de las paredes seres monstruosos o animales fantásticos

Fue un día de reyes en que pude zafar de la siesta, me habían regalado unas patas de rana. Calzado con esos absurdos triángulos de goma recorría el patio de baldosas calientes eludiendo cardúmenes, pulpos y peligrosos tiburones. Bajo el impiadoso sol de enero atravesé el pasillo y salí a la calle, estaba desierta, con dificultad caminaba por la vereda luciendo mi regalo.

De pronto un grito destemplado a mis espaldas hirió el silencio.

Como una aparición vi a la “loca Vicenta”. Una mujer bajita de mirada desorbitada y pelos desgreñados que de vez en cuando aparecía por el barrio aterrorizando en su locura a todos los pibes. Saltando como un pájaro herido atravesé el pasillo interminable con mis patas de rana oyendo los alaridos de la loca Vicenta que me perseguían como perros rabiosos.

11.8.10

Amarcord

A Luisito no le gustaba la escuela, es mas, se cagaba en la escuela (y esto no es una metáfora) era frecuente que su mamá llevara una muda de calzoncillos para cambiarlo.
Luisito sufría horriblemente esas horas de encierro en esa institución donde hay señoras que hacen su trabajo de maestras.

Entre esos esperpentos había dos que todavía le quitan el sueño, una era la señorita Pedernera, usaba un tapado gris y unos lentes ahumados alargados que le daban a su cara el aspecto de una mosca gigante.
Todavía Luisito puede sentir el puntero de la señorita Pedernera golpeando en su cabeza mientras le gruñía – “mijito baje de la palmera.” La señorita Pedernera era una agente de la GESTAPO dando clases en una escuela primaria.

La otra maestra era la señora de Chávez, profesora de “educación física”, un engendro cuya espalda derecha como una tabla hacía sospechar a Luisito y su febril imaginación, que la señora de Chávez tenía un palo que la atravesaba por el culo.


Luisito bogaba por no mandar a sus hijos a la escuela, pero su mujer pudo convencerlo de lo contrario. Hoy siente una mezcla de profunda pena y resignación cuando ve a sus pequeños nietos dirigirse al matadero.
Luisito está convencido que todos nacemos geniales y nos entierran boludos, no tiene dudas que la principal causa de esta metamorfosis es la escuela primaria.