3.10.11
26.7.11
Amarcord


En los techos de mi infancia deambulaban misteriosos gatos que muchas noches nos llenaban de angustia cuando lloraban como niños desconsolados.

Fue un día de reyes en que pude zafar de la siesta, me habían regalado unas patas de rana. Calzado con esos absurdos triángulos de goma recorría el patio de baldosas calientes eludiendo cardúmenes, pulpos y peligrosos tiburones. Bajo el impiadoso sol de enero atravesé el pasillo y salí a la calle, estaba desierta, con dificultad caminaba por la vereda luciendo mi regalo.

De pronto un grito destemplado a mis espaldas hirió el silencio.
Como una aparición vi a la “loca Vicenta”. Una mujer bajita de mirada desorbitada y pelos desgreñados que de vez en cuando aparecía por el barrio aterrorizando en su locura a todos los pibes. Saltando como un pájaro herido atravesé el pasillo interminable con mis patas de rana oyendo los alaridos de la loca Vicenta que me perseguían como perros rabiosos.








